Reencuentro y pudor chap3

 

Reencuentro y pu



- Sir Yatadaid... - murmuré y suspiré agotada, no había nada que hacer.
- ¿Sir Yatadaid?... - Frunció el ceño y me aplastó contra su reluciente armadura ligera en forma de abrazo. - Amiga mía, compañera.. ¿ Que son esas formalidades? - Me separó amarrándome una vez mas por los hombros como si no fuese mas que un saco de plumas para él.

En esos instantes no tenía la cabeza para reencuentros amorosos, mi mente estaba siendo engullida por una marea de vergüenza como nunca había experimentado. ¿ Quién quería presentarse dignamente en los cuarteles de la guardia? . Yo. Ahora ya me habían zarandeado llena de barro en la entrada de una posada abarrotada a medio camino de la ciudad. Dignidad...

- Vale, está bien, déjame en el suelo por favor. - le empujé para que me soltará y cedió. Se cruzó de brazos y me miró seriamente, como examinándome. Hasta que sus ojos se detuvieron en la gran bolsa donde cargaba con mi armadura, la cota de malla y la espada en su vaina. En un acto estúpido, muy estúpido de galantería me arrebató la bolsa y se la echó a los hombros. Perfecto. Ya no había nada mas de lo que avergonzarme. Que a una paladina forjada en años como yo le llevasen una bolsa era... denigrante.

Respiré hondo, ignoré a mi antiguo compañero y tomé asiento junto a la chimenea.
Me deshice de la capa y me sacudí el cabello. El se sentó frente a mí.
- Las cosas han cambiado desde que te fuiste Donnati. ¿Te llegó a los oídos la noticia de que tu gremio se fundió con las hijas del alfabeto? -se acomodo mientras hablaba y le hizo un gesto al posadero para que se acercara.
-No, no sabía nada... de hecho venía a disculparme y pedir el perdón y la reintegración en el gremio.- ¡Qué sorpresa! De hecho ¡ Qué grata sorpresa! Ahora no estaba obligada a volver, empezaría de cero pero como nunca.
- Si... muchos no estuvieron de acuerdo con la fusión. No aceptaron el acuerdo y abandonaron el gremio. ¿ Recuerdas al viejo windsor ? Ahora es parte de otro gremio de renombre, no se si te acordaras de " Las espada carmesí " y la Sacerdotisa Magaleta ahora trabaja para la catedral de Prontera atendiendo a heridos de escaramuzas de los alrededores.
- Vaya. - No sabía que decir, No cabía dentro de mi asombro. El gremio parecía tan sólido, todos estábamos tan unidos... todos menos yo claro, que huí.

Un hombre sudoroso con un mantel manchado de sangre y un bigote ridículo y grasiento se acercó a nuestra mesa.

- Buenas noches Sir Yatadaid, buenas noches señora... ¿ Y bien? - El posadero me miró con desprecio, lógico, le había embarrado el suelo de la posada y ahora también una de las sillas. Tampoco debía de tener buen aspecto.

- Nos gustaría dos jugos de naranja y ¡ Ah! ¿ Una habitación seria posible? La señorita Donnati pasará aquí la noche. Espero que no estés muy liado.

- ¿ Liado? Un poco, en fin se hace lo que se puede. ¿ Dos jugos eh? Bien... ahora os las traigo con la llave de la habitación.

Quedo aún mas molesta por el hecho que decidiera mi bebida que por el hecho de perderme de una buena cerveza, mas mi maestro siempre ha sido así.

- No pensaba tomar una habitación. De hecho, solo pensaba descansar hasta que pasase la tormenta. - Soy una mentirosa terrible, se dará cuenta.

- Bah, cállate. Tendrás que ponerte la armadura y seguro que te va bien dormir un poco. No tienes buen aspecto. Estás... distinta. ¿ Que has hecho con tu precioso cabello rojizo?. - Paso su mano por mi reciente nuca desnuda. Hacía meses que me había cortado una trenza que casi rozaba la cintura y me había hecho con un producto que me decoloró la melena pelirroja que tanto le había gustado a mi padre.

- Ya sabes... Incompatibilidades con la armadura. Además, las trenzas y los peinados son para las nobles damas, no para una fugitiva. - Le sonreí con descaro, sabía que no estaría de acuerdo.

- Umf - Volvió a fruncir el ceño, pero enseguida se le pasó el pequeño enfado porque el posadero venía cargado con dos bebidas y unas llaves de cobre,
Me recosté sobre la silla y bebí un sorbo. El fuego ardía con fuerza y empezaba a calentar mis extremidades entumecidas por la humedad. Yatadaid me miraba fijamente.

- ¿ Que? ¿ Quieres saber porque me fui? ¿ Es evidente no crees?.- Casi escupí esa ultima frase. Me quemaba la sangre cada vez que pensaba en ello.
- No, no me interesa. Es tu problema y.. Además, prontera ya no es lo que era así que no importa.

El resto de la velada la pasamos en silencio. Había mucho que contar pero yo estaba agotada del viaje y supongo que él demasiado sorprendido para saber que preguntar. No me importaba, disfruté de mi cerveza al terminar mi jugo y de cara a la chimenea, reconfortándome con el calor y pensado que haría a partir de ahora. No existía el gremio como tal así que ¿ debía de buscar otro? ¿ O seria mejor buscar trabajo?.
Dejé la jarra vacía sobre la mesa, cogí las llaves y me volví hacia mi maestro.

- No voy a pasar la noche aquí, quiero llegar ya a la ciudad. Pero tengo que ponerme la armadura ¿ te importaría subir y ayudarme por favor?.- No había asombro en su expresión, las cosas no habían cambiado. Me alegré.
- Claro.

Cuando formas parte de un gremio sus miembros son como tus hermanos. Sangre de tu sangre hasta que algo te obligue a dejar el gremio o cometas una infracción. La mayoría de su formación son hombres, y las pocas mujeres que lo forman son sanadoras, magas y brujas. No puedes depender de ellas porque son bastante recelosas o no son capaces de levantar mas de dos kilos de acero. Así pues, son tus compañeros de armas los que te ayudan a ponerte las partes de la armadura que tu sola no podrías. Llevo desde los 14 años formando parte del Gremio. Para mí ya no existe ni el pudor ni la vergüenza de la desnudez.
Mi cuerpo es una masa fibrada llena de durezas. Hace mucho que deje de tener la textura suave de una mujer y unas curvas apetecibles. Se ha convertido a base de años de entrenamientos y batallas en una herramienta mas para la victoria de una guerra. Ya no pienso nunca en mi como mujer. La diferencia entre mis compañeros de armas y yo es que ahorro con mas facilidad, pues yo no frecuento prostíbulos.

Entré en la habitación. Era pequeña, pero no necesitaba mas que un espacio cubierto donde cambiarme. Dejé la capa sobre la cama, tiré mis botas por el pasillo y me concetré en el laborioso arte de quitar un corsé de piel. Yatadaid empezó a sacar las piezas de mi armadura y las dispuso en orden sobre la cama.
Por ultimo cogió mi espada y la examinó con cautela. La desenvainó y me pregunto con un tono dudoso en su voz:

- Donnati ¿ Qué has hecho con tu escudo?. - La envainó de nuevo y la dejo con cuidado sobre la pared.
- ¡ Ah! Ehm... lo tiré al foso de las cuevas de Comodo. Ya sabes, no me iba a volver a hacerme falta.- dije despreocupadamente mientras terminaba de quitarme la camisa interior y empezaba a desabrochar los nudos de los pantalones.
- Era el escudo de tu señor Donnati. - El tono amargo de su voz hizo que se me hiciera un nudo en la garganta. Al final el dichoso me haría tener remordimientos.
- Voy a elegir otro camino diferente al suyo, ese escudo era tan solo un peso muerto para mi viaje.- Intenté sonar lo más solemne y serena posible.
- ¡Espérame aquí Donnati, ahora vuelvo!. - Y no me dio tiempo a despedirme. Salió corriendo escaleras abajo.

Una vez desnuda me paseé por la habitación donde estaba mi armadura y me pareció una extraña. Hacía meses que no me ataviaba con ella. No hubiese podido aunque quisiese. Necesitaba ayuda para hacerlo, y una cosa es pedírsela a un viejo compañero y otra a un cualquiera.
Estaba terminando de colocarme la protección de las piernas cuando Yata entro de nuevo en la habitación.

- Toma esto. - Extendió hacia mi una pesada maza que parecía usarse a dos manos.- Te hará falta si vas a abandonar el escudo, no puedes ir por ahí con una espada corta como esa y nada mas.- Le di las gracias con un ligero asentimiento de cabeza.

- Ayúdame con la espalda por favor.

Mientras yo me sujetaba la coraza él la ajustaba por detrás con maña. Escuché un bufido.
- Estas más delgada Donna, te queda mas holgado que la última vez
- Yata, mi madre sigue viva, gracias.

Una vez todo el trabajo hecho me miré en un pequeño espejo mugriento de la habitación.
Esa era yo. Y no estaba a disgusto, es el camino que yo había elegido. Nadie me obligó a ingresar en la Orden de los Paladines. No, mi madre hubiese sido mas feliz si hudiese contraído matrimonio. Pero ella no lo entendía, nunca lo entendería. Dentro de mí corría el dulce fuego de la venganza, un fuego que no se apagaría nunca.
El tacto suave de una capa aterciopelada sobre mis hombros me saca de mis pensamientos. Yatadaid, aparte de una maza nueva me había traído una capa larga azul marina y ahora se entretenía en abrochármela.

- Gracias Yata.
- Tengo aquí un trabajo de la guardia de la ciudad, ya sabes, pequeñeces, un grupo de rufianes quizás. Yo tengo que dejar la ciudad unos días. Sé que es aburrido pero ¿ quieres encargarte de ello?

Tomé el pergamino que extendía hacia mí. Lo leí y le sonreí agradecida.
- Esto esta hecho.

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