Conexiones chap 7
Conexiones
Donnati alzó la vista y ojeo disimuladamente el gran pasillo de la catedral que se extendía ante ella. Tenia un nudo en el estomago desde hacía semanas y una presión en el pecho que no la dejaba respirar. Los nervios eran dueños de cada centímetro de su piel y no recordaba momento en el que hubiese sentido tanto miedo, tanta incertidumbre, como aquél.
A pesar de todo, tenía un pequeño respiro en sus pensamientos para dedicárselo a Luink.
Guardaba la estúpida esperanza de verlo entre los asistentes, de sentirlo en la inmensa sala. No veía porque razón no podría asistir.
Quizás había intentado matarla, sí.
Pero no lo hizo y en aquellos instantes donde su vida iba a dar tan inmenso cambio quería tener algo que le recordase a lo que siempre había sido. Quería un vínculo de sangre mas que el suyo propio que le trajese la presencia de su padre, de los suyos y la ayudase a dar el paso.
Había muchos otros Caballeros de la Muerte al servicio de la Catedral y si ellos podían soportar estar en suelo sagrado, Luink también debía poder resistirlo.
En su mente se deshacía de la idea de ir acompañada por el, agarrada de su brazo a su destino.
Estaba maldito, no era ni una sombra de lo que había sido, ni tan siquiera guardaba la cordura. A día de hoy, por lo que sabia podría haberse olvidado completamente de ella. Lo añoraba.
( A las afueras de la catedral... )
Un joven esbelto cubierto por una coraza ennegrecida andaba a paso firme por los canales de la ciudad de Prontera. A su espalda hondeaba una capa de pieles y la estela de su aura hacía que el musgo y la mala hierba que sobrevivía en la pavimentada ciudad se marchitara a su paso.
Estaba teniendo uno de esos pocos momentos de lucidez con los que era recompensado. Y Dominus había querido que fuese en un momento tan importante.
Cuan dichoso se sentía.
No tenía intenciones de entablar conversación con ella, pues sabía que orgullosa como era nunca perdonaría todo el mal que le había causado, todas las veces que había puesto su vida en peligro.
Pero necesitaba verla, quería ser partícipe aunque no lo supiese de un día tan decisivo en su vida. Estaba tan orgulloso de su pequeña hermanita.
Había conseguido hacerse toda una vida sin ayuda de nadie. Sin depender de la generosidad de su familia, sin la influencia de su estimada madre.
¿ Y el ? ¿ que era ? Un horrendo reflejo del reluciente soldado que había sido. ¿ y que consiguió antes de que su vida se echase a perder ? ¿ Varias escaramuzas ?
Pero no osaba a quitarse la vida, incluso no lo podía en su estado de inmortalidad conprometida, guardaba la esperanza de que algún día recuperase por entero el control de si mismo y así entonces poder volver a presentarse ante su hermana y su madre con el debido respeto para disculparse y pedir que les dejase formar parte de sus vidas. Aun no sabía si tenía algún derecho a reclamar nada.
Ordeno con un gesto seco a su semental que aguardara en la plaza y subió las escaleras de la catedral con decisión.
Dos caballeros de la Guardia de Prontera custodiaban el pórtico, pero por lo que el sabía, todos eran bienvenidos a dicha celebración.
No debería haber ningún problema... pero lo hubo.
Los guardias cerraron el paso a la catedral y lo inspeccionaron de arriba abajo, lo atravesaban con la mirada como si intentaran averiguar algo mas de lo que podía verse a primera vista.
- Identificaos, caballero.- Exigió con tono áspero uno de ellos. Seguramente era el de mayor rango puesto que sobre sus hombros portaba una capa azul marino ribeteada en dorado de la que el otro carecía.
-¿ De verdad a todos los presentes le habéis pedido identificación? No os creo... - exhibió una sonrisa burlona con su última frase.
Se pusieron firmes y ambos llevaron su mano derecha a la empuñadura de su respectiva espada.
Ninguno de ellos parecía ir en broma, no cederían. Que molestia.
-Está bien, está bien. No derramemos sangre en vano... hoy. Mi nombre es Luink Merryweather Frondeu. Frondeu...- dijo mas lentamente. Seguro que os suena el apellido.- formo una sonrisa amistosa. Había ido con ánimo de pasar desapercibido y no armar escándalo. Si tenía que seguir las directrices un día por su hermana, lo haría.
Los dos caballeros intercambiaron miradas, al principio extrañados. Luego el de mas alto rango asintió y con resolución se dirigio a Luink.
-Sir Merryweather, si sois tan amable me gustaría que nos acompañaseis. Tenéis un lugar reservado.- se puso a su lado y le indicó que bajase las escaleras. El otro guardia se posicionó justo detrás de el.
Mientras bajaba los escalones caviló en que algo no andaba del todo bien.¿ Su hermana otorgándole un lugar especial en la ceremonia ? No es que pensase mal de ella. Pero las últimas veces que había intentado ir a verla en plena noche se había encontrado con una puerta custodiada por dos de sus escuderos ¿ y ahora era un invitado de honor ? . Algo olía mal y esta vez no era el.
Llegaron a una esquina del lateral derecho de la catedral donde la sombra lo cubría todo. Los guardias se pararon en seco y se volvieron hacia el caballero de la muerte. Ambos desenvainaron sus armas y se colocaron en posición defensiva.
Pensó que no sería fácil, la Guardia imperial tiene cierta reputación y aunque en su estado mas inestable no le habría supuesto nada acabar con ellos ahora tenía una conciencia con la que cargar. ¿ Le creería si le contase que los había matado en defensa propia? No, definitivamente no.
Solo había una posibilidad. Invocó a los muertos con una oración maldita en una lengua que nunca debería ser pronunciada en voz alta. El suelo que lo rodeaba torno en tierra húmeda y de dicha tierra una decena de miembros variados se alzaron para combatir bajo sus ordenes. Ilusos que subestiman el poder de aquellos que han estado bajo el grandioso dominio de poderoso Iama. Peor aún para ustedes, uno de sus hijos.
- Los quiero muertos.- siseo Luink a sus esbirros.
Para una desagradable sorpresa de Luink los caballeros habían hecho acopio de Magnus exorsismus provocando una explosión que había dejado aturdidas a todas sus criaturas y le había entumecido los miembros dejándolo casi paralizado.
- ¡ Paladines ¡.- La parálisis le duro unos breves segundos tras los cuales se agarro con fuerza a su espada. Confiaba en ella, pero no sabia hasta que punto...
Paladines para custodiar la entrada a la catedral. No tenía sentido, era malgastar a poderosos guerreros tocados por la luz en... una guardia que podría hacer prácticamente cualquiera.
Almenos que...
No quería darse protagonismo, pero la seguridad en la habitación de Donnati, la insistencia en que se diese a conocer, el hecho de que los guardias fuesen concretamente paladines... ¿ Estarían esperándole ? ¿ Y con que motivo ? ¿ tanto lo odiaba ?
Después de todo seguía siendo su hermano.
Esto no cuadraba para el y pensaba llegar al final del asunto aunque tuviese que pasar por encima de algunas cabezas imperiales.
Se relamió ante las expectativas de una gran batalla, crujió un poco los huesos de sus hombros e intentó atentar contra el paladín de la capa cuando algo lo recorrió como si un rayo del cielo hubiese impactado contra el. Lo dejó sin aliento, electrificando cada parte de su ser. Exorcismo.
Pocos elegidos lograban controlarlo por completo, pero en manos de un experto podía ser fatal para los que eran como el.
Lo tenían todo preparado, ahora estaba seguro de ello.
Lo intentaron exorcizar una vez mas y el duro golpe que para el consistió aquello, lo hizo caer de rodillas al suelo. Miro los restos de sus esbirros esparcidos por el pavimento y supo que era el fin.
Aquellos dos no iban a darle una lección, tenían ordenes de matarlo y lo conseguirían.
Supuso que en ese momento no se le ocurrió otra cosa que hacer. Sabía que no iba a oírlo, sabía que no correría en su auxilio.
Pero.. tenía fe.
A estas alturas de su vida, de lo poco que le quedaba, tenia fe en que ella oyese sus gritos, en que fuese consciente de que estaba en peligro, y aun así, si lo escuchase y no quisiese hacer nada al respecto que atendiese la súplica de su perdón.
- ¡¡ Donna !! ¡¡ Donnahh !! - gritó con todas las fuerzas que quedaban. Repitió su nombre numerosas veces hasta que casi se quedo sin voz. Si hubiese tenido lágrimas habría llorado de impotencia. Se sentía engañado, traicionado. Pero de algún modo no por ella, se resistía a creer que aquella criatura tuviese algo que ver con semejante emboscada.
- ¡¡ Donnati !! - desgarraba su maltrecha garganta por cada grito. Los dos paladines aguardaban de pie frente a el.
El exorcista hizo un gesto que interpretó como una bendición mientras que por parte de el otro recibió un puntapié en el estomago y le obligó a mirarlo tirándole de la cabeza hacia atrás. Antes de que Luink pudiese volver a gritar el nombre de su hermana un corte limpio con el filo de una impoluta espada le rajó la garganta. El quedo ahí, inerte sobre el suelo, empapado y rodeado por su propia sangre putrefacta.
El guardia había sacado un pañuelo de lino y limpiaba la hoja salpicada de sangre y los restos de los esbirros de la plaga de su armadura.
- He sentido lástima por el. No parecía venir dispuesto a causar ningún mal.- murmuró con cierta vergüenza el exorcista mientras se deshacía de su casco.
- A que estuviese dispuesto no nos importa. Eran ordenes directas y hemos cumplido con nuestro deber, no tenéis porque pensar mas en ello.- tiró el pañuelo con una mueca de asco sobre el reciente cadáver.
A pesar de todo, tenía un pequeño respiro en sus pensamientos para dedicárselo a Luink.
Guardaba la estúpida esperanza de verlo entre los asistentes, de sentirlo en la inmensa sala. No veía porque razón no podría asistir.
Quizás había intentado matarla, sí.
Pero no lo hizo y en aquellos instantes donde su vida iba a dar tan inmenso cambio quería tener algo que le recordase a lo que siempre había sido. Quería un vínculo de sangre mas que el suyo propio que le trajese la presencia de su padre, de los suyos y la ayudase a dar el paso.
Había muchos otros Caballeros de la Muerte al servicio de la Catedral y si ellos podían soportar estar en suelo sagrado, Luink también debía poder resistirlo.
En su mente se deshacía de la idea de ir acompañada por el, agarrada de su brazo a su destino.
Estaba maldito, no era ni una sombra de lo que había sido, ni tan siquiera guardaba la cordura. A día de hoy, por lo que sabia podría haberse olvidado completamente de ella. Lo añoraba.
( A las afueras de la catedral... )
Un joven esbelto cubierto por una coraza ennegrecida andaba a paso firme por los canales de la ciudad de Prontera. A su espalda hondeaba una capa de pieles y la estela de su aura hacía que el musgo y la mala hierba que sobrevivía en la pavimentada ciudad se marchitara a su paso.
Estaba teniendo uno de esos pocos momentos de lucidez con los que era recompensado. Y Dominus había querido que fuese en un momento tan importante.
Cuan dichoso se sentía.
No tenía intenciones de entablar conversación con ella, pues sabía que orgullosa como era nunca perdonaría todo el mal que le había causado, todas las veces que había puesto su vida en peligro.
Pero necesitaba verla, quería ser partícipe aunque no lo supiese de un día tan decisivo en su vida. Estaba tan orgulloso de su pequeña hermanita.
Había conseguido hacerse toda una vida sin ayuda de nadie. Sin depender de la generosidad de su familia, sin la influencia de su estimada madre.
¿ Y el ? ¿ que era ? Un horrendo reflejo del reluciente soldado que había sido. ¿ y que consiguió antes de que su vida se echase a perder ? ¿ Varias escaramuzas ?
Pero no osaba a quitarse la vida, incluso no lo podía en su estado de inmortalidad conprometida, guardaba la esperanza de que algún día recuperase por entero el control de si mismo y así entonces poder volver a presentarse ante su hermana y su madre con el debido respeto para disculparse y pedir que les dejase formar parte de sus vidas. Aun no sabía si tenía algún derecho a reclamar nada.
Ordeno con un gesto seco a su semental que aguardara en la plaza y subió las escaleras de la catedral con decisión.
Dos caballeros de la Guardia de Prontera custodiaban el pórtico, pero por lo que el sabía, todos eran bienvenidos a dicha celebración.
No debería haber ningún problema... pero lo hubo.
Los guardias cerraron el paso a la catedral y lo inspeccionaron de arriba abajo, lo atravesaban con la mirada como si intentaran averiguar algo mas de lo que podía verse a primera vista.
- Identificaos, caballero.- Exigió con tono áspero uno de ellos. Seguramente era el de mayor rango puesto que sobre sus hombros portaba una capa azul marino ribeteada en dorado de la que el otro carecía.
-¿ De verdad a todos los presentes le habéis pedido identificación? No os creo... - exhibió una sonrisa burlona con su última frase.
Se pusieron firmes y ambos llevaron su mano derecha a la empuñadura de su respectiva espada.
Ninguno de ellos parecía ir en broma, no cederían. Que molestia.
-Está bien, está bien. No derramemos sangre en vano... hoy. Mi nombre es Luink Merryweather Frondeu. Frondeu...- dijo mas lentamente. Seguro que os suena el apellido.- formo una sonrisa amistosa. Había ido con ánimo de pasar desapercibido y no armar escándalo. Si tenía que seguir las directrices un día por su hermana, lo haría.
Los dos caballeros intercambiaron miradas, al principio extrañados. Luego el de mas alto rango asintió y con resolución se dirigio a Luink.
-Sir Merryweather, si sois tan amable me gustaría que nos acompañaseis. Tenéis un lugar reservado.- se puso a su lado y le indicó que bajase las escaleras. El otro guardia se posicionó justo detrás de el.
Mientras bajaba los escalones caviló en que algo no andaba del todo bien.¿ Su hermana otorgándole un lugar especial en la ceremonia ? No es que pensase mal de ella. Pero las últimas veces que había intentado ir a verla en plena noche se había encontrado con una puerta custodiada por dos de sus escuderos ¿ y ahora era un invitado de honor ? . Algo olía mal y esta vez no era el.
Llegaron a una esquina del lateral derecho de la catedral donde la sombra lo cubría todo. Los guardias se pararon en seco y se volvieron hacia el caballero de la muerte. Ambos desenvainaron sus armas y se colocaron en posición defensiva.
Pensó que no sería fácil, la Guardia imperial tiene cierta reputación y aunque en su estado mas inestable no le habría supuesto nada acabar con ellos ahora tenía una conciencia con la que cargar. ¿ Le creería si le contase que los había matado en defensa propia? No, definitivamente no.
Solo había una posibilidad. Invocó a los muertos con una oración maldita en una lengua que nunca debería ser pronunciada en voz alta. El suelo que lo rodeaba torno en tierra húmeda y de dicha tierra una decena de miembros variados se alzaron para combatir bajo sus ordenes. Ilusos que subestiman el poder de aquellos que han estado bajo el grandioso dominio de poderoso Iama. Peor aún para ustedes, uno de sus hijos.
- Los quiero muertos.- siseo Luink a sus esbirros.
Para una desagradable sorpresa de Luink los caballeros habían hecho acopio de Magnus exorsismus provocando una explosión que había dejado aturdidas a todas sus criaturas y le había entumecido los miembros dejándolo casi paralizado.
- ¡ Paladines ¡.- La parálisis le duro unos breves segundos tras los cuales se agarro con fuerza a su espada. Confiaba en ella, pero no sabia hasta que punto...
Paladines para custodiar la entrada a la catedral. No tenía sentido, era malgastar a poderosos guerreros tocados por la luz en... una guardia que podría hacer prácticamente cualquiera.
Almenos que...
No quería darse protagonismo, pero la seguridad en la habitación de Donnati, la insistencia en que se diese a conocer, el hecho de que los guardias fuesen concretamente paladines... ¿ Estarían esperándole ? ¿ Y con que motivo ? ¿ tanto lo odiaba ?
Después de todo seguía siendo su hermano.
Esto no cuadraba para el y pensaba llegar al final del asunto aunque tuviese que pasar por encima de algunas cabezas imperiales.
Se relamió ante las expectativas de una gran batalla, crujió un poco los huesos de sus hombros e intentó atentar contra el paladín de la capa cuando algo lo recorrió como si un rayo del cielo hubiese impactado contra el. Lo dejó sin aliento, electrificando cada parte de su ser. Exorcismo.
Pocos elegidos lograban controlarlo por completo, pero en manos de un experto podía ser fatal para los que eran como el.
Lo tenían todo preparado, ahora estaba seguro de ello.
Lo intentaron exorcizar una vez mas y el duro golpe que para el consistió aquello, lo hizo caer de rodillas al suelo. Miro los restos de sus esbirros esparcidos por el pavimento y supo que era el fin.
Aquellos dos no iban a darle una lección, tenían ordenes de matarlo y lo conseguirían.
Supuso que en ese momento no se le ocurrió otra cosa que hacer. Sabía que no iba a oírlo, sabía que no correría en su auxilio.
Pero.. tenía fe.
A estas alturas de su vida, de lo poco que le quedaba, tenia fe en que ella oyese sus gritos, en que fuese consciente de que estaba en peligro, y aun así, si lo escuchase y no quisiese hacer nada al respecto que atendiese la súplica de su perdón.
- ¡¡ Donna !! ¡¡ Donnahh !! - gritó con todas las fuerzas que quedaban. Repitió su nombre numerosas veces hasta que casi se quedo sin voz. Si hubiese tenido lágrimas habría llorado de impotencia. Se sentía engañado, traicionado. Pero de algún modo no por ella, se resistía a creer que aquella criatura tuviese algo que ver con semejante emboscada.
- ¡¡ Donnati !! - desgarraba su maltrecha garganta por cada grito. Los dos paladines aguardaban de pie frente a el.
El exorcista hizo un gesto que interpretó como una bendición mientras que por parte de el otro recibió un puntapié en el estomago y le obligó a mirarlo tirándole de la cabeza hacia atrás. Antes de que Luink pudiese volver a gritar el nombre de su hermana un corte limpio con el filo de una impoluta espada le rajó la garganta. El quedo ahí, inerte sobre el suelo, empapado y rodeado por su propia sangre putrefacta.
El guardia había sacado un pañuelo de lino y limpiaba la hoja salpicada de sangre y los restos de los esbirros de la plaga de su armadura.
- He sentido lástima por el. No parecía venir dispuesto a causar ningún mal.- murmuró con cierta vergüenza el exorcista mientras se deshacía de su casco.
- A que estuviese dispuesto no nos importa. Eran ordenes directas y hemos cumplido con nuestro deber, no tenéis porque pensar mas en ello.- tiró el pañuelo con una mueca de asco sobre el reciente cadáver.
- ¿ Vamos a informarle ? Querrá saber que su hermano ha muerto..- el joven incomodo no sabía donde mirar. Estaba al corriente de lo que aquel caballero de la muerte había hecho, le habían advertido del peligro que suponía pero..
- No. No ha de saber nada de lo que ha pasado aquí.
- ¿ Ordenes ?
Envainó una vez mas su espada con exasperada lentitud y asintió con la cabeza a su compañero.
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