A aprender chap 6
Bastante que aprender
- ¡ Dispersaos ¡ ¡ Nos veremos donde comienza la brecha de Glastheim¡- grité con todas mis fuerzas y acto seguido corrí por mi vida.
Otra expedición fallida mas, menudo expediente de fracasos que me estaba construyendo. Un grupo de aspirantes y yo habíamos viajado hasta glastheim para inspeccionar cierto pasadizo que parecen ser unas antiguas cloacas de piedra. Ibamos a ver si se le podía sacar algún fruto para futuras incursiones.
Bien, Los slaughter, al contrario que sus aliados, los renegados, no dejaban nada al azar y aquella brecha estaba constantemente vigilada, no como la de la antigua cueva payon o izlyde por la que hemos invadido las ruinas de la ciudad multitud de veces.
Habíamos escapado de aquel túnel a duras penas para introducirnos directamente en la boca del lobo, la corte obscura . Si seguíamos todo el grupo junto llamaríamos demasiado la atención y en breve estaríamos rodeados de soldados.
La única posibilidad era dividirse y que cada uno velase por su propia vida. Era pleno mediodía, y puede aparecer algo suicida un ataque en plena mañana soleada, pero como ya he dicho, solo era una expedición sin ánimos de batalla que se había torcido.
El sudor que se deslizaba por mi frente empezaba a nublarme la vista y era consciente de que mi armadura de placas hacía demasiado ruido mientras corría.
O me deshacía de ella o acabaría con varias espadas en la garganta. Nunca he estado cegada por directrices o códigos disciplinarios, tres años como mercenaria te enseñan a que el honor no sirve de nada si no sigues con vida para preservarlo.
Me introduje en una callejuela donde había dos posadas que según mi borroso mapa conectaban con otra de las calles principales. Miré a través de los velos de seda si había alguien en ellas. Todo en calma.
O casi, algo gritó unas solemnes palabras de las que no entendí nada y al girarme vi a un demonio en el que relucía una mirada helada con la malicia de los caballeros de la muerte montado sobre un bestia acorazado.
En alguna otra ocasión quizás hubiese intentado darle esquivo en la posada, pero me había comprometido en no darle nunca mas la espada a un caballero de la muerte por mucho que mi vida dependiese de un hilo. Realmente, de nada servía saltarse ciertos códigos y protocolos si yo me terminaba poniendo otros propios aun más estúpidos y sin sentido.
Tiré mi espada y el escudo a un lado, estaba agotada y libraría la batalla solo con el poder que la magia de luz me otorgaba... si es que decidía acudir en mi ayuda.
Me concentré y deje que la luz viniese a mí, que fluyese cómo si mi cuerpo tan solo fuese su recipiente y canalizador.
Era agradable convocar el poder de la luz. Una vaporosa calidez te envolvía y te hacía sentir parte de algo grande, mucho más grande de lo que se puede llegar a concebir.
Por último, un instante de júbilo te indicaba el momento exacto en el que dirigir todo aquélla condensación hasta un objetivo.
-PRESIÓN, GLORIA DOMINI!- Una ráfaga de luz dio de lleno en el caballero de la muerte que se tambaleo y casi cae confuso de su montura.
Me dirigí corriendo hasta él, saqué una daga que tenía atada al cinturón y la clave sin miramiento en su garganta y desgarré su carne hasta la mitad del pecho.
Me envaré para hacer frente a su posible enfurecida montura pero me llevé una grata sorpresa al comprobar que ella seguía allí, impasible, cargando con el cuerpo inerte del demonio.
Hasta entonces no había podido fijarme con tranquilidad en la majestuosidad de dicha bestia. Bajo una capa de sangre aun caliente se podía entrever el esplendor de unas plumas blancas como la nieve.
Otra expedición fallida mas, menudo expediente de fracasos que me estaba construyendo. Un grupo de aspirantes y yo habíamos viajado hasta glastheim para inspeccionar cierto pasadizo que parecen ser unas antiguas cloacas de piedra. Ibamos a ver si se le podía sacar algún fruto para futuras incursiones.
Bien, Los slaughter, al contrario que sus aliados, los renegados, no dejaban nada al azar y aquella brecha estaba constantemente vigilada, no como la de la antigua cueva payon o izlyde por la que hemos invadido las ruinas de la ciudad multitud de veces.
Habíamos escapado de aquel túnel a duras penas para introducirnos directamente en la boca del lobo, la corte obscura . Si seguíamos todo el grupo junto llamaríamos demasiado la atención y en breve estaríamos rodeados de soldados.
La única posibilidad era dividirse y que cada uno velase por su propia vida. Era pleno mediodía, y puede aparecer algo suicida un ataque en plena mañana soleada, pero como ya he dicho, solo era una expedición sin ánimos de batalla que se había torcido.
El sudor que se deslizaba por mi frente empezaba a nublarme la vista y era consciente de que mi armadura de placas hacía demasiado ruido mientras corría.
O me deshacía de ella o acabaría con varias espadas en la garganta. Nunca he estado cegada por directrices o códigos disciplinarios, tres años como mercenaria te enseñan a que el honor no sirve de nada si no sigues con vida para preservarlo.
Me introduje en una callejuela donde había dos posadas que según mi borroso mapa conectaban con otra de las calles principales. Miré a través de los velos de seda si había alguien en ellas. Todo en calma.
O casi, algo gritó unas solemnes palabras de las que no entendí nada y al girarme vi a un demonio en el que relucía una mirada helada con la malicia de los caballeros de la muerte montado sobre un bestia acorazado.
En alguna otra ocasión quizás hubiese intentado darle esquivo en la posada, pero me había comprometido en no darle nunca mas la espada a un caballero de la muerte por mucho que mi vida dependiese de un hilo. Realmente, de nada servía saltarse ciertos códigos y protocolos si yo me terminaba poniendo otros propios aun más estúpidos y sin sentido.
Tiré mi espada y el escudo a un lado, estaba agotada y libraría la batalla solo con el poder que la magia de luz me otorgaba... si es que decidía acudir en mi ayuda.
Me concentré y deje que la luz viniese a mí, que fluyese cómo si mi cuerpo tan solo fuese su recipiente y canalizador.
Era agradable convocar el poder de la luz. Una vaporosa calidez te envolvía y te hacía sentir parte de algo grande, mucho más grande de lo que se puede llegar a concebir.
Por último, un instante de júbilo te indicaba el momento exacto en el que dirigir todo aquélla condensación hasta un objetivo.
-PRESIÓN, GLORIA DOMINI!- Una ráfaga de luz dio de lleno en el caballero de la muerte que se tambaleo y casi cae confuso de su montura.
Me dirigí corriendo hasta él, saqué una daga que tenía atada al cinturón y la clave sin miramiento en su garganta y desgarré su carne hasta la mitad del pecho.
Me envaré para hacer frente a su posible enfurecida montura pero me llevé una grata sorpresa al comprobar que ella seguía allí, impasible, cargando con el cuerpo inerte del demonio.
Hasta entonces no había podido fijarme con tranquilidad en la majestuosidad de dicha bestia. Bajo una capa de sangre aun caliente se podía entrever el esplendor de unas plumas blancas como la nieve.
No apartaba su mirada de mí, en cierto modo hasta llegaba a intimidar. Todas las criaturas albinas tenían esa aura de inteligencia oculta de la que las demás carecen.
Bajé el cadáver al suelo y le despojé de sus ropas de cuero negro. Lo dejé tirado en un rincón cerca de la taberna; con suerte y si eran ciegos no verían la mancha carmesí que lo rodeaba y pensarían que sería solo un borracho.
Allí mismo con rapidez, me deshice de la escandalosa armadura y la cota de malla. Deseché ambas junto con mis armas y me enfundé en las ropas el muerto. Era realmente repulsivo, el cuero desprendía un terrible olor a descomposición que era casi insoportable.
Por último me puse la capucha de la gran capa de lana y me cubrí la cara casi en su totalidad menos los ojos. El tufo de aquellas vestimentas me aturdían pero con la armadura habitual llamaba demasiado la atención y me deberían escuchar desde la otra punta de las tierras fantasmas.
Le saqué también la armadura al zesari albino y con cierta desconfianza de un salto monté sobre él.
- En marcha amigo. - Le susurré a mi nuevo y extraño corcel, quien obedeció de inmediato y cruzó la calle a toda velocidad.
Lo mas adecuado sería salir por la calle comercial, incluso a riesgo de exponerme a una multitud. Era el camino más corto para reunirse con mis conpañeros. Si es que había sobrevivido alguno... no era aficionada a darme falsas esperanza, ante todo, para la supervivencia, había que ser realista.
Tal como pensaba, aquella salida estaba atestada de guardias. Cavilé sobre las posibilidades que tenía de que me dejasen pasar. Ninguna.
La montura estaba manchada de sangre seca y en mis ojos no brilla aquel codicioso reflejo esmeralda.
Di unas vueltas alrededor de la subasta examinando con detalle la zona.
La puerta menos vigilada era la sur, con solo dos guardias custodiándola, pero quizás demasiado estrecha para que entrase el zezari por ella.
No podía arriesgar su vida por un tonto capricho, se bajó de él y le acaricio el costado.
- Yo quería darte toda una vida llena de aventuras pero tendrás que conformarte con ser la nueva adquisición de alguna elfa vanidosa y ricachona.
No volví a dirigirle la mirada, era una ave excepcional y me dolía de verdad dejarla allí. Podría haber sido el consuelo de tan espantosa y desafortunada expedición.
Con paso firme avancé hasta la puerta e intenté cruzarla con normalidad sin decirle nada a los guardias.
Todo parecía salir a pedir de boca cuando a mis espaldas escuché unos murmullos y uno de los guardias me clavó en el suelo con una mano.
Me preguntó algo en voz alta y con el tono insolente que siempre adquieren las palabras en boca de los demonios pero no le entendí. Intenté seguir mi camino sin contestarle pero apretó con mas fuerza, de allí no iba a salir sin dar explicaciones.
El otro guardia también se había vuelto hacia mí con su lanza preparada por si intentaba hacer algún movimiento ofensivo.
Estaba perdida. Quizás no del todo. Solo un monstruo estaba en posición de ataque.
Recé a la luz por que la lanza no atravesase ningún punto vital de mi cuerpo. Me acerqué con toda la actitud relajada que fui capaz de fingir al demonio que me sujetaba y cuando nervioso, dirigió algunas palabras a su compañero me apoyé en él y le metí una rodilla en el estómago.
El otro demonio reaccionó con rapidez y clavó con fuerza su lanza en mi hombro derecho.
Aullé de dolor alertando posiblemente a todos los guardias de la zona. Era una hoja ancha y con varios salientes. Cuando agarré el mango del arma con las dos manos y la saque de mi cuerpo grité aun más.
Con un demonio lamentándose aun por un par de posibles costillas rotas y el otro preparando un segundo golpe con la lanza salí corriendo cubriéndome con una mano la herida abierta.
Atravesé los jardines maldiciendo la húmeda y sofocante temperatura de la isla que ayudada de la perdida de sangre a causa de la herida me estaban apunto de hacer desmayar.
A lo lejos divisaba ya la brecha abierta hace unos años por el traidor y unos diminutos puntos azul cielo que debían ser mis hermanos.
Mientras avanzaba deprisa me deshice de la capucha y alcé los brazos. Solo hacia falta que no me reconociesen y me quisiesen empalar por segunda vez en el día.
Los cuatro hermanos se arremolinaron sobre mi lanzado miradas de desaprobación y preocupación por la reciente herida.
- ¡ Nos vamos de aquí ! ¡ Ya ¡ ¿ Y los caballos ? - dije con un tono exigente.
- Dos de ellos han sido devorados por criaturas de la plaga que aun vagan por la zona mientras estábamos en el interior de la ciudad.
- Bien, pues tu y yo – dije señalando al azar a uno de los hermanos. Iremos montados detrás de las monturas de otros.
Mientras me ayudaba a subir uno de los jinetes, me pareció ver algo entre la maleza que rodeaba el putrefacto camino. ¿Un destello quizás? Algo relucía entre las hojas de aquel paraje lúgubre.
- Milady, es peligroso... - le hice un gesto para que guardase silencio y avance hasta la criatura.
Entre los pastosos y muertos juncos se encontraba un zezari albino de una belleza incalculable a pesar de que estaba cubierto de fango y sangre. No sabía como había logrado escapar de la ciudad, ni porque la había seguido ¿estos bichos superficiales como sus dueños tenían algún sentido de lealtad? No tenia ni idea. Pero no pensaba desaprovechar aquella oportunidad. Monté sobre el una vez mas y grité:
-¡ En marcha ¡
Durante el largo camino que recorrimos hasta la ciudad de Prontera me contaron como continuaron unidos cuando dí la orden de dispersarse y de como entre unos y otros habían conseguido eludir a los guardias y habían salido ilesos de aquélla gran ciudad amurallada.
Maldita fuese mi independencia.
Tenía muchas cosas de las que arrepentirme y otras tantas que debía de aprender, pero sobretodo esperaba poder borrar de mi gran lista de defectos el orgullo que me hacía poner en peligro una y otra vez la vida por no admitir que necesitaba ayuda.
Observé como charlaban animados los hermanos cuando alcanzamos a ver la punta de la catedral de Prontera, tenía demasiado que aprender de ellos.
Bajé el cadáver al suelo y le despojé de sus ropas de cuero negro. Lo dejé tirado en un rincón cerca de la taberna; con suerte y si eran ciegos no verían la mancha carmesí que lo rodeaba y pensarían que sería solo un borracho.
Allí mismo con rapidez, me deshice de la escandalosa armadura y la cota de malla. Deseché ambas junto con mis armas y me enfundé en las ropas el muerto. Era realmente repulsivo, el cuero desprendía un terrible olor a descomposición que era casi insoportable.
Por último me puse la capucha de la gran capa de lana y me cubrí la cara casi en su totalidad menos los ojos. El tufo de aquellas vestimentas me aturdían pero con la armadura habitual llamaba demasiado la atención y me deberían escuchar desde la otra punta de las tierras fantasmas.
Le saqué también la armadura al zesari albino y con cierta desconfianza de un salto monté sobre él.
- En marcha amigo. - Le susurré a mi nuevo y extraño corcel, quien obedeció de inmediato y cruzó la calle a toda velocidad.
Lo mas adecuado sería salir por la calle comercial, incluso a riesgo de exponerme a una multitud. Era el camino más corto para reunirse con mis conpañeros. Si es que había sobrevivido alguno... no era aficionada a darme falsas esperanza, ante todo, para la supervivencia, había que ser realista.
Tal como pensaba, aquella salida estaba atestada de guardias. Cavilé sobre las posibilidades que tenía de que me dejasen pasar. Ninguna.
La montura estaba manchada de sangre seca y en mis ojos no brilla aquel codicioso reflejo esmeralda.
Di unas vueltas alrededor de la subasta examinando con detalle la zona.
La puerta menos vigilada era la sur, con solo dos guardias custodiándola, pero quizás demasiado estrecha para que entrase el zezari por ella.
No podía arriesgar su vida por un tonto capricho, se bajó de él y le acaricio el costado.
- Yo quería darte toda una vida llena de aventuras pero tendrás que conformarte con ser la nueva adquisición de alguna elfa vanidosa y ricachona.
No volví a dirigirle la mirada, era una ave excepcional y me dolía de verdad dejarla allí. Podría haber sido el consuelo de tan espantosa y desafortunada expedición.
Con paso firme avancé hasta la puerta e intenté cruzarla con normalidad sin decirle nada a los guardias.
Todo parecía salir a pedir de boca cuando a mis espaldas escuché unos murmullos y uno de los guardias me clavó en el suelo con una mano.
Me preguntó algo en voz alta y con el tono insolente que siempre adquieren las palabras en boca de los demonios pero no le entendí. Intenté seguir mi camino sin contestarle pero apretó con mas fuerza, de allí no iba a salir sin dar explicaciones.
El otro guardia también se había vuelto hacia mí con su lanza preparada por si intentaba hacer algún movimiento ofensivo.
Estaba perdida. Quizás no del todo. Solo un monstruo estaba en posición de ataque.
Recé a la luz por que la lanza no atravesase ningún punto vital de mi cuerpo. Me acerqué con toda la actitud relajada que fui capaz de fingir al demonio que me sujetaba y cuando nervioso, dirigió algunas palabras a su compañero me apoyé en él y le metí una rodilla en el estómago.
El otro demonio reaccionó con rapidez y clavó con fuerza su lanza en mi hombro derecho.
Aullé de dolor alertando posiblemente a todos los guardias de la zona. Era una hoja ancha y con varios salientes. Cuando agarré el mango del arma con las dos manos y la saque de mi cuerpo grité aun más.
Con un demonio lamentándose aun por un par de posibles costillas rotas y el otro preparando un segundo golpe con la lanza salí corriendo cubriéndome con una mano la herida abierta.
Atravesé los jardines maldiciendo la húmeda y sofocante temperatura de la isla que ayudada de la perdida de sangre a causa de la herida me estaban apunto de hacer desmayar.
A lo lejos divisaba ya la brecha abierta hace unos años por el traidor y unos diminutos puntos azul cielo que debían ser mis hermanos.
Mientras avanzaba deprisa me deshice de la capucha y alcé los brazos. Solo hacia falta que no me reconociesen y me quisiesen empalar por segunda vez en el día.
Los cuatro hermanos se arremolinaron sobre mi lanzado miradas de desaprobación y preocupación por la reciente herida.
- ¡ Nos vamos de aquí ! ¡ Ya ¡ ¿ Y los caballos ? - dije con un tono exigente.
- Dos de ellos han sido devorados por criaturas de la plaga que aun vagan por la zona mientras estábamos en el interior de la ciudad.
- Bien, pues tu y yo – dije señalando al azar a uno de los hermanos. Iremos montados detrás de las monturas de otros.
Mientras me ayudaba a subir uno de los jinetes, me pareció ver algo entre la maleza que rodeaba el putrefacto camino. ¿Un destello quizás? Algo relucía entre las hojas de aquel paraje lúgubre.
- Milady, es peligroso... - le hice un gesto para que guardase silencio y avance hasta la criatura.
Entre los pastosos y muertos juncos se encontraba un zezari albino de una belleza incalculable a pesar de que estaba cubierto de fango y sangre. No sabía como había logrado escapar de la ciudad, ni porque la había seguido ¿estos bichos superficiales como sus dueños tenían algún sentido de lealtad? No tenia ni idea. Pero no pensaba desaprovechar aquella oportunidad. Monté sobre el una vez mas y grité:
-¡ En marcha ¡
Durante el largo camino que recorrimos hasta la ciudad de Prontera me contaron como continuaron unidos cuando dí la orden de dispersarse y de como entre unos y otros habían conseguido eludir a los guardias y habían salido ilesos de aquélla gran ciudad amurallada.
Maldita fuese mi independencia.
Tenía muchas cosas de las que arrepentirme y otras tantas que debía de aprender, pero sobretodo esperaba poder borrar de mi gran lista de defectos el orgullo que me hacía poner en peligro una y otra vez la vida por no admitir que necesitaba ayuda.
Observé como charlaban animados los hermanos cuando alcanzamos a ver la punta de la catedral de Prontera, tenía demasiado que aprender de ellos.
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